LOS VOLUNTARIOS DE LEÓN BAJO EL MANDO DE LUIS DE SOSA: MARZO – AGOSTO 1809

Óscar González García

1. LUIS DE SOSA Y LA JUNTA DE LEÓN EN 1808.

A pesar de los tumultos iniciales dirigidos contra Godoy y a favor de Fernando VII del 28 de marzo, tras el motín de Aranjuez, y 24 de abril, ante los rumores de un posible regreso al poder de Carlos IV motivados por noticias procedentes de Madrid, el verdadero alzamiento revolucionario en León no tuvo lugar hasta los últimos días de mayo de 1808.

La llegada de las nuevas de la renuncia en Bayona de los Borbones al trono de España en beneficio de Napoleón, sumada a la presencia de soldados asturianos llegados desde un Principado ya sublevado, provocó un motín en León en la mañana del 27 de dicho mes. Al observar la agitación de la ciudad, las autoridades eclesiásticas, miembros del consistorio y algunos notables, decidieron reunirse en Junta, más con la intención de aquietar al pueblo que de rebelarse a los dictados de Napoleón. En su sesión del día 28, visto que las gentes no se calmaban, convocaría la corporación municipal una nueva reunión para el siguiente día en el palacio episcopal, donde se decidió la composición de la Junta de Gobierno de León constituida el 30 con Manuel Castañón Monroy –Regidor perpetuo y Teniente Coronel de milicias retirado– como presidente, los miembros de la municipalidad y personalidades destacadas como el vizconde de Quintanilla o Felipe Sierra Pambley entre otros. Además, cada una de las trece parroquias de la ciudad nombró dos diputados encargados de elegir seis vocales entre el vecindario.

Entre los distinguidos con aquel honor estaría el hidalgo Luis de Sosa, guardia de Corps retirado y, en aquel momento, administrador de rentas reales, destinado a ser uno de los personajes más polifacéticos de la primera mitad del XIX leonés4. Con el Regimiento de Milicias Provinciales de León destacado en Galicia desde el comienzo de las hostilidades con Inglaterra en 1805, no había en el territorio cuerpo alguno capaz de defenderlo.

Así, el mismo día 30, la recién constituida Junta tomó la iniciativa de los asuntos militares. Sosa, que acumularía desde el principio un encargo tras otro, fue designado para formar junto a su primo, el también vocal Manuel de Villapadierna, las convocatorias para el alistamiento y presentación de mozos útiles de la provincia. Además, tras el nombramiento como jefes de la tropa que se pudiera reunir de Castañón Monroy, Antonio Gómez de la Torre y Ramón Martínez Gutiérrez, fue don Luis propuesto junto a Jacobo Berrutia, para comandar posibles cuerpos de caballería. Los cinco quedaron también encargados de formar una Junta Militar “…para el arreglo y coordinación de todos los puntos concernientes a este ramo” . El día 1 de junio fueron impresas y remitidas a las autoridades locales de la provincia, copias del reglamento de alistamiento confeccionado. Se ponía así en marcha la dificultosa formación de unidades que, con el nombre de “Tercios Provinciales de Voluntarios de León”, lucharían junto a Gregorio García de la Cuesta, Capitán General de Castilla la Vieja y Reino de León, en las batallas de Cabezón y Medina de Rioseco.

Sin duda su pasado militar –sirvió durante casi ocho años en la Guardia de Corps que abandonó con el grado de teniente de caballería– motivó que sus compañeros de la Junta le destinaran en un principio a empleos de esa categoría, sin embargo, pronto se decidieron a aprovechar su valía en otros menesteres. A raíz de los contactos con el norte, se habían conocido en León las intenciones asturianas de negociar con el gobierno británico la concesión de ayudas económicas y militares. Por esa razón, aquel mismo día Sosa recibió orden de dirigirse a Oviedo para tratar acerca del suministro de armas desde el Principado e informarse de primera mano sobre los resultados de las  gestiones llevadas a cabo por los comisionados asturianos que ya habían viajado a Londres, encargándose finalmente él mismo de convenir con los representantes ingleses en Asturias la entrega de auxilios para León. Aunque esa es otra historia, la misión le mantuvo alejado de la provincia y de los asuntos castrenses, y como resultado de ella, lograría recaudar cerca de cinco millones de reales que debían ser destinados a rearmar las fuerzas militares leonesas, disueltas tras la derrota de Medina10. Permaneció así ajeno a la profunda crisis institucional derivada del enfrentamiento de la Junta Suprema, presidida desde el 14 de junio por Antonio Valdés Bazán, con el Capitán General Cuesta, partidario de limitar la capacidad de actuación de las Juntas. Derrotado el 12 de junio en la batalla de Cabezón, tuvo que dejar Valladolid en manos de los franceses y retirarse a Medina de Rioseco, donde se planteó la necesidad de crear una Junta de Castilla y León con sede en otra capital. El 23 presidió la sesión de la Junta leonesa y programó numerosas reformas rechazadas por sus miembros, quienes sólo aceptaron la inclusión de representantes de las otras provincias de la capitanía, llegando así diputados de Salamanca, Zamora, Valladolid, Ávila y Palencia.

De aquella manera, la antigua Junta del Reino de León se convertía en la Suprema de León y Castilla. Ante la proximidad del enemigo tras la nueva derrota española en Rioseco, la asamblea tuvo que ser disuelta y casi todos sus miembros abandonaron la capital con destino a Ponferrada, donde celebrarían sus sesiones a partir del 27 de julio hasta el 21 de agosto. El 26 de julio el ejército invasor entró por vez primera en León, ocupada solamente hasta el 1 de agosto, pues los franceses tuvieron que replegarse hacia el Ebro como consecuencia del avance español tras la victoria de Bailén. En El Bierzo los vocales de la Suprema iniciaron trámites de unión con la Junta de Galicia en contra de los deseos de Cuesta. Aunque intentaron convencer a los que quedaron en León de la conveniencia de trasladarse a Ponferrada para continuar con sus labores, aquellos prefirieron permanecer en la capital acatando las órdenes del Capitán General quien, por su parte, ordenó a Valdés y los suyos desplazarse a Salamanca, donde pretendía reunir una nueva Junta de León y Castilla. Por supuesto, no obedecieron. El 24 de agosto se encontraron en Lugo los representantes gallegos, leoneses y castellanos, y el 30 fueron elegidos por León como diputados para la Junta Central que habría de formarse, Antonio Valdés y el vizconde de Quintanilla. Al día siguiente, Cuesta dictó un decreto aboliendo y declarando ilegal la Junta de León y Castilla, por lo que el 6 de septiembre, el Ayuntamiento leonés convocó a los miembros de la antigua, que habían permanecido en la capital, para reunirse el 7 y constituirse en nueva Junta Suprema con Castañón Monroy nuevamente como presidente.

Nombraron a su vez para la Central a Rafael Daniel y al vizconde de Quintanilla, ya elegido en Galicia. Así se encontró la provincia con dos Juntas diferentes. Los diputados electos en Lugo fueron detenidos por orden de Cuesta el 14 de septiembre en Tordesillas cuando viajaban hacia la reunión de la Central, pero desde aquella se ordenaría después su liberación e inclusión en sus sesiones, así como la destitución del general. La Junta Suprema, continuaría reuniéndose en León, incorporándose a ella los vocales que habían estado en Lugo. En medio de aquella confusión y concluida su misión, la nueva Junta envió el 17 de septiembre un oficio a Sosa ordenándole su regreso a León. No sabemos cuando acató la orden ni si volvió a su tierra antes del 25 de octubre, fecha en qué presentó las cuentas y documentos emanados de su misión, obteniendo “…la mas completa aprobación, elogios y expresivas gracias de esta nominada Junta y las evidentes demostraciones de aprecio y distinguido honor del Gobierno Ingles…”.  Aquel mismo día los Voluntarios de León, rearmados desde el 25 de julio anterior, comenzaban a luchar contra los franceses en torno a Logroño, bajo el mando de Pignatelli. Vencidos y difamados, los regimientos de nueva creación de Cuesta serían disueltos en los días siguientes por petición de Castaños a la Central.

Los alistados de la División Leonesa fueron integrados en otros cuerpos, desertando algunos y destacándose en importantes batallas otros como el coronel Castañón, que participaría en la defensa de Zaragoza, siendo condecorado por Palafox16. Ausentes por tanto de la capital leonesa sus más talentosos militares cuando a mediados de noviembre la agitación era evidente ante el rumor de que los franceses ya habían ocupado Burgos y llegado a Palencia, tuvo la Junta que acudir a don Luis. El día 19 le ordenaron trasladarse al sur, llevando el distintivo de teniente coronel correspondiente al nombramiento de comandante de caballería que le habían hecho anteriormente, para comprobar si eran ciertas las noticias que situaban a un centenar de franceses por tierras de Sahagún y Mayorga. Volvía así a equipar su montura para ponerse al mando de una expedición de caballería.

Cinco días después informó a la asamblea del arribo del general Blake a la zona, ante lo cual la Junta acordó su regreso a León. Aquel mismo día, llegó a la ciudad el marqués de La Romana, que estableció en ella su cuartel y recibió, por orden de la Junta Central, el mando del Ejercito de la Izquierda.

 

 

 

2. REFORMA DE QUINTANILLA Y HUIDA A OVIEDO.

Un mes después, en la Navidad de 1808, llegó a León el vizconde de Quintanilla con órdenes explícitas de la Junta Central para disolver la Junta Suprema y designar una nueva. Su presidente sería el Regidor y hacendado Bernardo Escobar, quedando como vocales por la capital Luis de Sosa –nombrado además primer secretario–, el corregidor Cabañas, Manuel de Villapadierna, el coronel Martínez y Gutiérrez y Félix González Mérida.

Permanecerían también en la asamblea seis vocales de la provincia, entre ellos Francisco Álvarez Acevedo. Esta reforma, fue realizada en un infortunado momento, puesto que el mariscal Soult se acercaba a la capital con su ejército en persecución de los ingleses de Moore21. El marqués de La Romana, aún en León, comunicó a los vocales que no estaba en condiciones de resistir un ataque francés y debía replegarse con sus tropas, aconsejándoles que hicieran lo mismo. Emprendieron entonces la huída hacía Astorga con la intención de asentarse otra vez en Ponferrada pero, frustrado aquel plan por la presencia enemiga, optarían por dirigirse a Asturias en un accidentado viaje a través de las montañas.

Tras catorce días de viaje, la Junta de León se reunió por primera vez en la capital asturiana el 27 de enero. Su presidente, redactó un oficio destinado a la Junta ovetense notificando la necesidad de la leonesa de establecerse en el Principado ofreciendo a la vez su ayuda. Tres días después, Sosa y Cabañas fueron enviados a hablar con los vocales asturianos para transmitirles la intención leonesa de enviar órdenes a los pueblos no ocupados de su provincia para reclutar mozos y unirlos a las fuerzas de Asturias.

La Junta amiga, cuyos miembros ya conocían a Sosa de los tiempos de las negociaciones con los ingleses, se mostró conforme con los planes de sus huéspedes. El 2 de febrero dos de sus miembros, Miranda y Soto Posada, sugirieron a los leoneses el nombramiento de dos delegados para tratar junto a ellos los puntos referentes a la recluta de los mozos del Reino de León. Designados a este fin Sosa y Erques –vocal por Sahagún–, presentaron ante sus compañeros en la reunión siguiente  un programa que preveía la agrupación de mozos solteros de 16 a 45 años, sin más excepción que la grave enfermedad, y la requisa de granos para suministro del ejército.

De nuevo por encargo de la Junta, don Luis presentó el día cinco una vibrante proclama que acompañaría la orden de concentración que también redactó, para alentar a los leoneses al alistamiento. Dichos documentos, publicados cuatro días después, fueron insertados además en la Gaceta de Oviedo. La orden, por recomendación del general asturiano José Cienfuegos Jovellanos, establecía la reunión de los mozos en la villa de Grado, donde los esperaría el vocal Manuel de Villapadierna, con la intención de pasar después la fuerza concentrada a defender el puerto de la Mesa, si bien finalmente el cuartel general se establecería en Valdelugueros bajo el mando de Francisco Álvarez Acevedo.

3. SOSA COMANDANTE GENERAL.

El día 21, por sugerencia de la Junta de Asturias, cuyos espías habían informado sobre la debilidad de la guarnición francesa que permanecía en la ciudad de León, se encargó a Luis de Sosa la elaboración de un plan para invadirla. Aunque en aquellos días comenzaron a presentarse en Oviedo antiguos integrantes de los Voluntarios de León disgregados tras la derrota en Logroño, la Junta ratificó su confianza en él nombrándole el día 25 “…atendiendo a las circunstancias de probidad, inteligencia y patriotismo que tiene bien acreditadas, en las diferentes y arduas comisiones que ha tenido a su cargo (…) comandante general de las divisiones de los expresados Reyno y Provincia con el grado de Coronel…”.

Revisado en los días siguientes el Reglamento dado por la Central para las Juntas Provinciales, recordaron que aquel prohibía a las mencionadas conceder nuevos ascensos militares, anulando por el momento el nombramiento de coronel en la persona de Sosa, quien permanecería como comandante de las fuerzas leonesas, con el grado de teniente coronel que ya ostentaba, aunque manifestó hallar la misión muy superior a sus fuerzas.

En la primera quincena de marzo las relaciones entre la Junta asturiana y la leonesa se fueron deteriorando ante las negativas por parte de la primera de facilitar armamento para la invasión de León y a la vista de las noticias mandadas por Acevedo contando que Juan Díaz Porlier, con su cuerpo franco, estaba reclutando mozos leoneses y víveres en nombre del Principado.

Por fin, el día 16 marchó el Comandante General a ocupar su cargo en el cuartel de Valdelugueros, que hasta su llegada estaba siendo dirigido por Acevedo, quien pasaría a su vez a emplearse como comisionado principal del ramo de hacienda en el suministro del ejército. Don Luis llevaba consigo órdenes que le obligaban, en caso de lograr entrar en León, a recoger los papeles y actas formadas durante la ocupación francesa y al arresto de los que hubieran colaborado con el enemigo.

Portaba además una reimpresión de su proclama inserta en la Gaceta asturiana para alentar a los pueblos a la resistencia y una nueva orden dirigida a todas las Justicias, vecinos y moradores de los pueblos libres de León, donde exigía la lucha tenaz contra el invasor, la colaboración con las fuerzas españolas y la delación de los afrancesados. Ambos documentos iban firmados por él con fecha de 15 de marzo de 180928. Llegaría a su puesto el día 20 encontrándose con una tropa de algo más de quinientos hombres desprovistos de equipamiento y con la noticia de que Porlier, por instigación de la propia Junta asturiana, continuaba apropiándose de caudales públicos y mozos de los pueblos de León tomando como pretexto haber restituido la libertad a sus habitantes. 

Respecto al primer asunto, procedió enviando el día 30 órdenes a los pueblos solicitando la entrega de armamento y caballos bajo la amenaza de multas y acusación de traición a quienes no colaborasen. En cuanto al guerrillero, informó de sus hazañas a la Junta, que envió nuevamente sus quejas a la asturiana sin efecto alguno, por lo que las dirigió directamente al marqués de La Romana, quien llegaría a Oviedo el 4 de abril con el Regimiento de la Princesa.

Aquel acabó por disolver el 2 de mayo la Junta del Principado con la que también tenía diferencias, nombrando otra más afín a sus intereses. Mientras tanto, Sosa veía desde su cuartel como los franceses llegaban a la zona de Pedrosa y Burón dispersando a la tropa de Porlier. Teniendo noticia entonces de que 300 soldados y 15 caballos enemigos subían desde León por el Curueño hacia Valdelugueros, ordenó poner a salvo las municiones y salió al frente de un destacamento hacia las Hoces de Valdeteja con la intención de rechazarlos.

En aquel lugar permaneció todo el día 5 de abril hasta las diez de la noche en que un parte de su avanzada de caballería le notificaba que los franceses sólo habían llegado hasta Boñar y emprendían la vuelta a León. Continuó con Acevedo en la montaña dedicado a la organización y armamento del cuerpo de voluntarios, llegando el 16 de abril a contar con unos dos mil alistados con más de setecientos fusiles y chuzos, además de un pequeño escuadrón de sesenta caballos.

En esa tesitura se hallaban cuando, en los últimos días de abril, La Romana decidió hacer uso de su autoridad y tomar partido en los asuntos de carácter militar emprendidos por la Junta leonesa. Sus primeras órdenes fueron completar con voluntarios leoneses el cuerpo de cazadores mandado por Felipe Zamora, y reponer las bajas del regimiento de la Princesa con otros 400 de aquellos soldados.

La Junta se opuso por instigación de su Comandante General, quien temía la desmembración de su armamento, así que el marqués envió a Zamora a reclutar dispersos al Bierzo, si bien continuó requiriendo voluntarios para el otro cuerpo citado.

De resultas de su resistencia a la orden, el Comandante sería objeto de habladurías que lo acusaban de conspirar contra la autoridad del General en Jefe, tomando la decisión de presentar su dimisión ante aquel en carta del 8 de mayo, acto que comunicó a la Junta el siguiente día, exigiendo se limpiara su honor. Como La Romana estuvo conforme con su dimisión, solicitó ir a la villa de Grado a ver a un médico que atendiera a su quebrantada salud. En la reunión del día 10 se discutió sobre aquellas demandas, que indignaron particularmente a Mérida, al que ofendió que Sosa se dirigiese primero al marqués cuando había sido la Junta quien le había nombrado comandante. Los vocales rechazaron sus exigencias y le ordenaron que fuera a Lillo para cumplir la orden de reclutar los 400 voluntarios solicitados por el Marqués.

Entretanto el enemigo preparaba la invasión de Asturias desde Galicia y León. Soult había cruzado la frontera portuguesa el 9 de marzo con el objetivo de ocupar de nuevo aquel país, trasladando la responsabilidad del territorio gallego al ejército de Ney para que cubriese su retaguardia. Aquel estableció su cuartel general en Lugo, de donde salió el 13 de mayo con dirección al Principado. Por otra parte, Kellerman entraría en Asturias por Pajares desde la provincia de León. La Junta leonesa y el General en Jefe español estaban sin embargo informados de sus movimientos a través de los comunicados enviados por Sosa desde el 19 de abril, pero aquello no sirvió de nada39. El día 18 La Romana comunicó a la Asamblea que los franceses habían entrado en el Principado por el camino de Cangas y se situaban ya en Grado, siendo así ya urgente abandonar Oviedo. Mientras él huía hacia Gijón, donde montaría en un barco de regreso a Galicia, los vocales decidieron dirigirse hacia la montaña leonesa por el puerto de 6 Tarna.

Los galos entraron en la ciudad al día siguiente, pero no lograron consolidarse en Asturias, provincia que abandonaron el 10 de junio41. Escapados hacía León, los junteros se reunirían en tres ocasiones en Lois en el mes de mayo y sólo una en junio, el día 12 en Crémenes. Durante cerca de dos meses la Asamblea no volverá a unirse. Por su parte, Sosa y sus voluntarios iniciaban una aventura que les llevaría a moverse por toda la provincia de León y tierras zamoranas, gallegas y portuguesas entre las líneas enemigas y que culminaría con su entrada en la ciudad de León a finales de Julio.

4. MOVIMIENTOS DE LOS VOLUNTARIOS DE LEON.

Tras el episodio de su infructuosa dimisión, don Luis había vuelto a constituirse en el mando de las tropas el 16 de mayo. Conociendo el avance del enemigo, colocó a sus hombres en defensa de los puertos de Piedrafita y Vegarada, donde permanecieron hasta el día 21 en que recibieron la noticia de la ocupación de Oviedo. Aquel día, sabiéndose rodeado de fuerzas francesas, el comandante reunió a las suyas –2300 hombres y un pequeño escuadrón de 140 caballos– y dio orden de prepararse para avanzar hacia “…el seno del Principado a chocar con nuestros enemigos y a morir con nuestros hermanos…”. Aquella misma noche desertaron más de veinte soldados.

Si bien en un principio su intención era ir al norte para unir las tropas con algún batallón asturiano, Sosa tuvo que dirigir su ejército finalmente hacia el sur, instalándose el día 22 en Montuerto. Apesadumbrado por las defecciones de la noche anterior, redactó allí una nueva proclama pidiendo confianza a los voluntarios y amenazando a los fugados: “Por mas que los vigorosos movimientos del enemigo estrechen nuestra situación no podrán sofocar vuestro valor ni la prudencia de vuestros Gefes. En estos debeis confiar y de ellos debeis esperar que os salvarán gloriosamente en qualquiera riesgo. Escuchadlos, obedecedlos y estad seguros del acierto. (…)

El que desertare o será exclavo en poder del enemigo o morirá a nuestras manos; será transportado a los remotos climas helados con las armas francesas en sus brazos para combatir contra nuestros aliados, como se executa con estos para pelear con nosotros (vosotros mismos lo sabeis) o será borrado de los sagrados libros de la Patria”.

Ocultos de día, los soldados avanzaron al amparo de la oscuridad de la noche, prosiguiendo hacia el sur en la del 23. Al concluir la marcha, don Luis convocó un consejo de oficiales que decidió abandonar la primera intención de ir a Asturias, e intentar avanzar hacia Tierra de Campos, sorprender a las guarniciones enemigas, e ir incorporando voluntarios hasta que pudieran reunirse con el grueso del ejército de La Romana. Entregó una copia de la proclama escrita la noche anterior a los oficiales y envió a Acevedo a informar a los miembros de la Junta, quienes se reunirían al día siguiente en Lois.

Aceptado en la asamblea el plan de Sosa, enviaron los junteros a don Francisco a parlamentar con Porlier para ofrecerle la posibilidad de unierse a la operación46. Mientras tanto, los Voluntarios avanzaron hasta encontrarse con la primera línea de franceses que se replegaban de León a Palencia entre los lugares de Sahagún y Mansilla. Ante la amenaza, retrocedieron aquella misma noche, llegando a Corcos el día 7 . Desde allí escribió don Luis a la Junta de Lois informando de su situación, para continuar al día siguiente hasta acantonar sus tropas en las faldas de Peña Corada.

Reunidos el 27, los vocales debatieron acerca de la carta de Sosa y de la aceptación inicial de Porlier a seguir el plan, pero en plena reunión Acevedo llegó con nuevas noticias: el Marquesito, en la creencia de que el proyecto del Comandante de León era difícil, proponía un plan de invasión de Santander en unión con los hombres de Ballesteros que se estaban retirando de Asturias por el puerto de Ventaniella48. La Junta lo aprobó y envió órdenes a Sosa para entrevistarse con el General.

El Comandante entregó el mando provisional de las tropas a Félix Álvarez Acevedo y se fue a la proyectada reunión en Valdeburón, donde se hallaba ya el general Ballesteros con ocho mil hombres dispuestos para reunirse en Potes con Porlier. En presencia de algunos miembros de la Junta, ambos militares acordaron la unión de los Voluntarios de León a la expedición. Bernardo Escobar y Francisco Álvarez Acevedo, queriendo equiparar la valía del Comandante leonés a la de los hombres con los que había de invadir Cantabria, firmaron una orden en nombre de la Junta de León estableciendo que Sosa hiciera uso del grado de Coronel a expensas de las órdenes de la Junta Central.

Sin duda, la idea de participar en aquella gloriosa operación con tan insignes militares llenó de satisfacción al leonés, por lo que sólo podemos imaginar su enfado cuando, al llegar el 31 de mayo al punto en que había dejado sus tropas, se encontró con que Félix Acevedo, informado de que los enemigos se habían ido de Sahagún hacia Palencia y de León hacia las montañas, decidió prescindir de las órdenes del Comandante y continuar con el plan de avanzar hacia Tierra de Campos, aunque variaría considerablemente la ruta.

A través de las montañas bajó hasta Sahagún para llegar después a Valencia de don Juan y León, desde donde pasó a Astorga y La Bañeza, adentrándose luego en tierras zamoranas hasta pararse en Mombuey, donde se hallaban tropas del marqués de La Romana, el día 3 de junio. Así frustrada su idea de participar en la operación cántabra, el ya Coronel reunió a algunos dispersos de la zona que, sumados a los cazadores que le acompañaban, formaron un destacamento de más de un centenar de hombres, aunque sólo nueve a caballo. Dejó la infantería al mando del sargento mayor de cazadores, don Francisco de Iraola, con órdenes de no abandonar la posición hasta nuevo aviso y, acompañado de los jinetes, cruzó la primera línea enemiga en la noche del 2 de junio, ocultándose en la madrugada en Castrotierra de Valmadrigal.

Desde allí envió órdenes a Iraola señalándole la ruta a seguir, como haría todas las noches que duró la marcha. Cruzaron el Esla en el punto de Castrofuerte con un pequeño barquichuelo abandonado por los franceses y prosiguieron, pasando entre La Bañeza y Benavente, hasta llegar a Mombuey el día 4. En esa travesía se encontraron en tres ocasiones con partidas enemigas y como resultado perdieron la vida seis soldados españoles, si bien se capturaron once franceses con otros tantos caballos.

Una vez instalados sus soldados, Sosa cabalgó hacia Puebla de Sanabria para encontrarse con Manuel Antonio de Echevarría, director de provisiones de los Reales Ejércitos, que trataba de reunir dispersos y nuevos alistados en aquella comarca, poniéndose a su disposición. Regresó a Mombuey con cuatrocientos pares de zapatos, más de cien camisas y veintitrés mil reales entregados por aquel que se repartieron equitativamente entre las tropas de su mando. El 7 de junio escribió al marqués de La Romana informándole de la situación. Como coincidiera que Soult se estaba retirando de Galicia, Echevarría ordenó a Sosa que fuera a Puebla con su fuerza y pasara desde allí a defender el Alto de la Canda, donde se constituyó desde el día 16.

La lluviosa tarde del 21, los espías leoneses veían 8 como se acercaban a aquel punto cinco mil franceses a pie y doscientos a caballo, por lo que el Coronel decidió retirarse hasta el pueblo de Castrelos, a donde llegaron de madrugada, para continuar su huída hacia el sur por tierras portuguesas. El día 25 se encontraban los Voluntarios en Vinhaes, desde donde su Comandante envió una carta a La Romana, que se hallaba en su cuartel general de Allariz.

Acto seguido, pensando que los franceses ya habrían pasado por el punto que anteriormente guardaban sus tropas, Sosa decidió regresar al norte hasta el pueblo de A Mezquita, desde donde aún podían vislumbrar restos de la retaguardia francesa, que en su retirada dejaba muestras de sus tropelías. Al día siguiente los leoneses avanzaron hasta A Gudiña, donde establecieron su cuartel con la intención de hacer creer a los franceses que eran una avanzada del grueso del ejército español y, asustados, tuvieran menos lugar “…las escenas execrables que no pueden verse ni oírse sin estremecimientos en todos los pueblos de su tránsito y caminos de su travesía; hallándose unos y otros inundados de reses y bestias muertas, y aún de cadáveres corrompidos…”. El 27 Sosa recibió respuesta del Marqués a su carta de dos días antes aprobando todas sus decisiones. En la segunda jornada del mes de julio el Coronel volvió a escribir a su superior comunicándole su intención de trasladarse a Viana do Bolo, donde esperaría órdenes, y que sus espías habían oído que los franceses se hallaban en Puebla de Sanabria en número de quince a veintidós mil hombres. La Romana le contestó al día siguiente exponiendo en su misiva que los enemigos ya habían evacuado Galicia, el Bierzo y, según ciertos rumores, también León, por lo que le ordenaba dirigirse a la comarca de Babia con sus tropas y reunir más hombres para ocupar la capital en caso de ser cierta la información de la evacuación.

5. OCUPACIÓN Y ABANDONO DE LA CAPITAL LEONESA.

Aunque la primera intención de don Luis fuera la de alcanzar las montañas atravesando el camino de La Cepeda y La Garandilla, debió variar sus planes cuando sus espías le informaron de la proximidad de los hombres de Ney, cuyas tropas ocupaban Astorga y La Bañeza. Decidió entonces rodear por el Bierzo, en cuyos pueblos difundió órdenes de alistamiento y requisas de armamento y víveres, lo cual le dio algunos problemas con la Junta de Villafranca que se negó a obedecer sus órdenes.

Establecido su cuartel en Páramo del Sil, escribió el día 10 a dicha Junta y también al marqués de La Romana informándole del suceso y solicitando de nuevo su dimisión. El General en Jefe no haría caso de la petición del Coronel, y en la siguiente carta que le envió desde La Coruña, no hizo mención alguna al asunto, limitándose a ordenarle aproximarse a León con el objetivo de ocuparla en breve.

Los días 26 y 27 los franceses abandonaron la capital, llegando Sosa el 28 al punto de Canales, donde se entrevistó con Escobar y Francisco Álvarez Acevedo, a quienes manifestó no creer conveniente la ocupación de la ciudad. Sin embargo, aquellos estaban convencidos de la necesidad de la operación, por lo que en la mañana siguiente se encaminaron hasta Lorenzana donde tuvieron noticia de la presencia ya en León de algunos soldados del comandante Porlier.

El presidente de la Junta ordenó entonces a Sosa que siguiera sus pasos aquella misma tarde, lo que así hizo. Aunque no creía demasiado en el éxito de su misión, el Coronel entró finalmente con sus tropas en León en la tarde del 29 de julio de 1809, uniéndose a las de Porlier que, efectivamente, ya estaban dentro. El 31 extendió una nueva proclama en la que anunciaba a los leoneses que Fernando VII volvía a reinar en su ciudad y trataba de alimentar en ellos la esperanza en la proximidad de la victoria final. Pocos días 9 después, cumpliendo con las órdenes que tenía desde el comienzo de su aventura, cesó a todos los empleados y comisionados nombrados por los franceses, incluyendo lógicamente a aquellos que ocupaban el Ayuntamiento.

Su decisión fue ratificada por la Junta de León, que volvía a reunirse desde el 6 de agosto, en su sesión del día 10. Como los franceses se hallaban situados en Mansilla, Valencia de don Juan, Mayorga y Valderas, Sosa ordenó reforzar las puertas de la capital con gruesas empalizadas, logrando resistir durante casi 19 días en los que el enemigo se presentaba diariamente ante las murallas. Hacia las seis y media de la mañana del día 7 de agosto, don Luis pudo ver soldados franceses en Puente Castro y las alturas de la Candamia en actitud hostil. Temiendo un inminente ataque envió un comunicado a los miembros de la Junta, reunidos en Palacio de Torío, instándoles a abandonar aquel punto, pues cabía la posibilidad de que la capital no resistiera. Los vocales decidieron huir a Benavides de Orbigo.

Enviada una partida de 20 jinetes a reconocer el terreno, se encontró en el alto del Portillo con 400 caballos franceses que les obligaron a replegarse sobre Puente Castro, donde estaban apostados 100 infantes españoles que intercambiaron fuego con los galos. Llegaron entonces 70 caballos de refuerzo del interior de la ciudad y el enemigo volvió a retirarse al alto. De resultas del encuentro murieron cuatro soldados franceses y tres españoles, según le contó Porlier a Mahy.

Al día siguiente, con el objetivo de desmoralizar a los españoles, el comandante francés del punto de Mansilla, Monsieur Dejean, coronel del 11º regimiento de dragones y grande oficial de la Legión de Honor, envió a don Luis de Sosa un boletín impreso en Bayona con noticias de las victorias de Napoleón en Austria. El leonés le contestó adjuntándole boletines españoles que contradecían las noticias francesas y diciéndole que el único final posible era la victoria española. Además, pedía al francés un trato humano a los pueblos ocupados y a los prisioneros que tomara. Finalmente, se despedía con un romántico término: “Tengo el honor de ser, Sr. Coronel, vuestro generoso enemigo”. Volvieron a intercambiar correspondencia en términos similares el día 1469. El día 10 llegó Porlier al encuentro de sus tropas a la capital leonesa y Sosa lo comunicó a la Junta, cuyos miembros se habían reunido en Carrizo fracasado su plan inicial de hacerlo en Astorga.

Cuatro días después recibieron una comunicación del general Ballesteros, quien se encontraba en Otero de las Dueñas, comunicando su intención de instalar un hospital en León. Los vocales le informaron de la peligrosidad de la idea, dada la proximidad del ejército francés de Mansilla. El mismo día, don Luis recibió consternado una nueva orden del marqués de La Romana –ubicado ya en Ponferrada en su intención de acudir en auxilio del resto de las tropas– por la cual se veía obligado a ceder su caballería, que debía enviar al mando de Félix Álvarez Acevedo, al encuentro en Astorga con el General en Jefe. El 15, Ballesteros respondió a la asamblea que tenía intención de echar a los franceses uniendo su ejército al de La Romana, por lo que se envió una orden a Sosa para que fuera planeando la instalación del hospital en la ciudad.

Sin embargo, aquel proyecto no podría llevarse a cabo, pues la ayuda de Ballesteros y La Romana no llegaría a tiempo. El día 16 de agosto espías leoneses informaron al Comandante de la llegada de mil quinientos franceses a Valencia de don Juan con tres piezas de artillería y que esperaban reunirse cinco mil para atacar León en la mañana siguiente. Sosa dice en su Manifiesto que no pensó en un primer momento abandonar la ciudad “…por la que hubiera sentido gran placer en morir…”, sino que mandó a los vecinos que reforzaran las entradas y se reunió con Porlier para planificar la defensa. Sin embargo, el Marquesito había recibido órdenes del General en Jefe para salir de allí, razón por la que abandonó la ciudad hacia las 10 de la noche con 10 sus soldados. Desprovisto del apoyo de Porlier y de los caballos de Acevedo, don Luis decidió finalmente abandonar la ciudad hacia el punto de Rioseco de Tapia, como lo notifica a la Junta y a La Romana. Los vocales, alarmados al recibir la noticia el día 17, decidieron trasladarse a Cogorderos.

El enemigo entró en la capital tras la marcha del Coronel, pero no se asentó. Sosa permaneció en las montañas el día 17, aprovechando la oscuridad para dirigirse en la noche a las inmediaciones de Astorga, ciudad donde estaba el Marqués. Desde allí envió a un ayudante a reunirse con aquél. Horrorizado, recibió en aquella madrugada del 18 de agosto órdenes de La Romana exigiéndole volver a ocupar León, sumándose a su pesar la afirmación hecha por su asistente referente a que en aquella ciudad se hablaba despectivamente de su honor por haber abandonado la capital. Con dicha carga moral y convencido de la imposibilidad de reocupar la ciudad, dirigió sus pasos al encuentro de la Junta, ante la que presentó nuevamente su dimisión en Cogorderos en la mañana del 19.

Rechazada su propuesta, Escobar y Villapadierna viajaron a Astorga al encuentro del General en Jefe al que manifestaron su disconformidad con la decisión de Sosa ya que tenían “…pruebas muy suficientes de su cabal desempeño, firmeza y actividad…”. Suplicaron al Marqués acto seguido que confirmara al Comandante en su cargo y que aprobara el grado de coronel que le había otorgado la Junta, a fin de verse más autorizado. La Romana accedió. Obligado pues por la asamblea, Sosa se encaminó hacia León, instalándose en Montejos del Camino el día 21.

Desde allí envió un oficial a la ciudad con el fin de mandar preparar las raciones necesarias para la tropa e informarse del estado de las puertas y empalizadas. A su regreso, el emisario dijo no haber llevado a cabo su misión debido al estado hostil del vecindario, que el día anterior había expulsado de la ciudad a una partida de caballería española que había quedado dispersa. Además, como en Astorga, corrían rumores especialmente funestos contra el propio Coronel, quien temeroso de una reacción violenta de la población y tratando de evitar que sus soldados tuvieran que cargar contra civiles, decidió no entrar en la capital. Escribió entonces una nueva carta al Marqués explicándole la situación y a través de la cual presentaba su dimisión irrevocable del cargo de comandante que dejaba, a expensas de una nueva decisión del superior, en manos de Francisco de Iraola. Pasó una copia del documento a la Junta que la recibió al día siguiente con profundo disgusto, pero en esta ocasión, acordó tener a Sosa por exonerado.

El 24 se presentó don Luis ante sus compañeros vocales en la reunión que celebraban en Carrizo y procedieron a la reforma del cuerpo de Voluntarios por recomendación de La Romana. Los leoneses debían organizarse en un regimiento formado por tres batallones, cada uno de los cuales tendría cuatro compañías, siendo comandantes de ellos el teniente coronel Félix Álvarez Acevedo, y los capitanes Félix Pérez y José Orus. Además, la fuerza leonesa quedaría completa por otro batallón de Cazadores Voluntarios formado por seis compañías y comandado por Iraola. Finalmente la Junta, contenta al parecer a pesar de todo con sus servicios, recomendó a Sosa, pidiendo al General en Jefe que le confiriese el grado que estimara por encima del de coronel y su nombramiento como comandante general del Reino de León y su provincia a fin de ser encargado de todo lo relacionado con el ramo militar.

Sin embargo, el Marqués hizo oídos sordos a dicha demanda. Félix González Mérida presentó el día 26 un extracto de los acontecimientos que tuvieron lugar en León durante la ocupación de Sosa y sus Voluntarios. En él detallaba los hechos acaecidos y justificaba el abandono de la ciudad. Con el acuerdo de toda la 11 Junta, empeñada en dejar limpio el honor del ya retirado Comandante, se mandó imprimir y publicar dicho extracto y se envió una copia a Oviedo para que fuera publicada en su Gaceta.

Al día siguiente don Luis pidió y obtuvo permiso para imprimir una proclama de despedida a los Voluntarios, donde les decía que a pesar de no haber querido nunca aquel cargo, no tuvo más remedio que acatarlo, si bien le llenaba de orgullo haber compartido sus días con tan valientes hombres. Les animaba además a seguir adelante luchando por su tierra “…bajo la práctica dirección de otro General mas diestro y mas afortunado…”. Nuevamente se vio la Junta en la necesidad de abandonar su ubicación ante la proximidad del enemigo el día 29, por lo que al día siguiente se reunían en la sala capitular de las casas consistoriales de Astorga donde volvió a discutirse acerca de la dimisión de Sosa.

A pesar del desagrado con que fue recibida y admitida, los vocales quisieron hacer constar la entendían con todos los honores correspondientes a su empleo, opinión trasladada al comandante Iraola a fin que la transmitiera a las tropas. Los rumores descargados contra su persona hicieron mucho daño al Coronel, aunque como hemos visto los miembros de la Junta siempre le apoyaron y creyeron en su valía. Tras abandonar la ciudad de León fue tachado de cobarde, a lo que se sumaron dos nuevas acusaciones que nunca fueron oficiales, sino simples habladurías: la primera, le culpaba de apropiarse de fondos de la provincia con el pretexto de llevar a cabo operaciones de la Comandancia General, señalándole la segunda como estafador de aquellos que querían declararse exentos en la última recluta que llevó a cabo al pasar por El Bierzo con dirección a León.

Los vocales por su parte no dudaron de su palabra y se preocuparon de que su honor quedase limpio. Aunque no ha sido ahora posible aportar pruebas que confirmen aquellos cargos, tampoco las hay que los desmientan, si bien parecen difíciles de creer. Probablemente los rumores procedieron de los círculos afrancesados o de gentes del pueblo que no simpatizasen con el Coronel o la institución militar en general. Respecto a la primera posibilidad, el cura Juan Antonio Posse nos cuenta que en 1810 participó en una reunión con Rafael Daniel, Francisco Vallejo –a los que acusa de Bonapartistas– y otros. En ella, Daniel trató de las tropas españolas y de su mala organización y “prorrumpió en denuestos contra Sosa, Acebedo y otros…”, lo que ofendió profundamente al sacerdote, que tomó la defensa de aquellos.

Por otra parte, en cuanto a la opinión que el pueblo tenía de don Luis, contamos con un testimonio de Eladio Martínez de Aragón, coronel de los Reales Ejércitos hecho prisionero en el sitio de Zaragoza que, habiendo huido de allí, se encaminó a León, su tierra natal. Hallándose el 30 de agosto en Otero de las Dueñas, donde tenía su cuartel el general Ballesteros, Aragón escribió a Nicolás Mahy informándole de su viaje. Contó al General que había visto en Mansilla de doscientos cincuenta a trescientos soldados franceses de caballería, y que deseaba hablar con Sosa, quien se hallaba “…con 2000 hombres deseosos de batirse, pero según los informes de estos pueblos, el tal Sosa no es un Alexandro”.

Martínez de Aragón llegó a Ponferrada el 14 de septiembre ofreciendo sus servicios a la Junta, que con la favorable opinión de don Luis, le nombró jefe de un nuevo batallón de cazadores en formación. Por supuesto, Sosa era completamente ignorante de la opinión que sobre él tenía don Eladio.

Es evidente que Luis de Sosa no era un Alejandro, sin embargo, no era ninguna excepción, pues es sabido que una de las principales diferencias entre el ejército español y el francés residía en la calidad militar de sus mandos. Además, el Coronel leonés nunca había entrado antes en combate y las tropas que dirigía estaban formadas en su 12 mayor parte por hombres reclutados en sus pueblos que no tenían experiencia militar anterior. ¿Cómo se supone que debía defender entonces la ciudad de León del numeroso contingente francés llegado a Mansilla si hasta el brigadier Porlier decidió abandonar la posición? No destacó como militar –“Con pequeñas fuerzas nunca pudo obrar cosas grandes”, reza la portada de su relación de meritos– y nunca ocultó que le venía grande aquel cargo de Comandante, pero aún así dirigió a sus hombres por toda la provincia sin sufrir grandes bajas y cumplió las órdenes de sus superiores siempre que pudo. La actuación de Luis de Sosa y Tovar en la Guerra de la Independencia española estaba muy lejos de tocar a su fin, pero ya nada tendría que ver con asuntos militares. Sin embargo, en el futuro los gobernantes de la ciudad de León volverían a creer conveniente recurrir a su experiencia militar, pues durante el Trienio Constitucional, recibiría el mando de un batallón de la Milicia Nacional Voluntaria.