Luis de Sosa

LOS VOLUNTARIOS DE LEÓN BAJO EL MANDO DE LUIS DE SOSA: MARZO – AGOSTO 1809

Óscar González García

1. LUIS DE SOSA Y LA JUNTA DE LEÓN EN 1808.

A pesar de los tumultos iniciales dirigidos contra Godoy y a favor de Fernando VII del 28 de marzo, tras el motín de Aranjuez, y 24 de abril, ante los rumores de un posible regreso al poder de Carlos IV motivados por noticias procedentes de Madrid, el verdadero alzamiento revolucionario en León no tuvo lugar hasta los últimos días de mayo de 1808.

La llegada de las nuevas de la renuncia en Bayona de los Borbones al trono de España en beneficio de Napoleón, sumada a la presencia de soldados asturianos llegados desde un Principado ya sublevado, provocó un motín en León en la mañana del 27 de dicho mes. Al observar la agitación de la ciudad, las autoridades eclesiásticas, miembros del consistorio y algunos notables, decidieron reunirse en Junta, más con la intención de aquietar al pueblo que de rebelarse a los dictados de Napoleón. En su sesión del día 28, visto que las gentes no se calmaban, convocaría la corporación municipal una nueva reunión para el siguiente día en el palacio episcopal, donde se decidió la composición de la Junta de Gobierno de León constituida el 30 con Manuel Castañón Monroy –Regidor perpetuo y Teniente Coronel de milicias retirado– como presidente, los miembros de la municipalidad y personalidades destacadas como el vizconde de Quintanilla o Felipe Sierra Pambley entre otros. Además, cada una de las trece parroquias de la ciudad nombró dos diputados encargados de elegir seis vocales entre el vecindario.

Entre los distinguidos con aquel honor estaría el hidalgo Luis de Sosa, guardia de Corps retirado y, en aquel momento, administrador de rentas reales, destinado a ser uno de los personajes más polifacéticos de la primera mitad del XIX leonés4. Con el Regimiento de Milicias Provinciales de León destacado en Galicia desde el comienzo de las hostilidades con Inglaterra en 1805, no había en el territorio cuerpo alguno capaz de defenderlo.

Así, el mismo día 30, la recién constituida Junta tomó la iniciativa de los asuntos militares. Sosa, que acumularía desde el principio un encargo tras otro, fue designado para formar junto a su primo, el también vocal Manuel de Villapadierna, las convocatorias para el alistamiento y presentación de mozos útiles de la provincia. Además, tras el nombramiento como jefes de la tropa que se pudiera reunir de Castañón Monroy, Antonio Gómez de la Torre y Ramón Martínez Gutiérrez, fue don Luis propuesto junto a Jacobo Berrutia, para comandar posibles cuerpos de caballería. Los cinco quedaron también encargados de formar una Junta Militar “…para el arreglo y coordinación de todos los puntos concernientes a este ramo” . El día 1 de junio fueron impresas y remitidas a las autoridades locales de la provincia, copias del reglamento de alistamiento confeccionado. Se ponía así en marcha la dificultosa formación de unidades que, con el nombre de “Tercios Provinciales de Voluntarios de León”, lucharían junto a Gregorio García de la Cuesta, Capitán General de Castilla la Vieja y Reino de León, en las batallas de Cabezón y Medina de Rioseco.

Sin duda su pasado militar –sirvió durante casi ocho años en la Guardia de Corps que abandonó con el grado de teniente de caballería– motivó que sus compañeros de la Junta le destinaran en un principio a empleos de esa categoría, sin embargo, pronto se decidieron a aprovechar su valía en otros menesteres. A raíz de los contactos con el norte, se habían conocido en León las intenciones asturianas de negociar con el gobierno británico la concesión de ayudas económicas y militares. Por esa razón, aquel mismo día Sosa recibió orden de dirigirse a Oviedo para tratar acerca del suministro de armas desde el Principado e informarse de primera mano sobre los resultados de las  gestiones llevadas a cabo por los comisionados asturianos que ya habían viajado a Londres, encargándose finalmente él mismo de convenir con los representantes ingleses en Asturias la entrega de auxilios para León. Aunque esa es otra historia, la misión le mantuvo alejado de la provincia y de los asuntos castrenses, y como resultado de ella, lograría recaudar cerca de cinco millones de reales que debían ser destinados a rearmar las fuerzas militares leonesas, disueltas tras la derrota de Medina10. Permaneció así ajeno a la profunda crisis institucional derivada del enfrentamiento de la Junta Suprema, presidida desde el 14 de junio por Antonio Valdés Bazán, con el Capitán General Cuesta, partidario de limitar la capacidad de actuación de las Juntas. Derrotado el 12 de junio en la batalla de Cabezón, tuvo que dejar Valladolid en manos de los franceses y retirarse a Medina de Rioseco, donde se planteó la necesidad de crear una Junta de Castilla y León con sede en otra capital. El 23 presidió la sesión de la Junta leonesa y programó numerosas reformas rechazadas por sus miembros, quienes sólo aceptaron la inclusión de representantes de las otras provincias de la capitanía, llegando así diputados de Salamanca, Zamora, Valladolid, Ávila y Palencia.

De aquella manera, la antigua Junta del Reino de León se convertía en la Suprema de León y Castilla. Ante la proximidad del enemigo tras la nueva derrota española en Rioseco, la asamblea tuvo que ser disuelta y casi todos sus miembros abandonaron la capital con destino a Ponferrada, donde celebrarían sus sesiones a partir del 27 de julio hasta el 21 de agosto. El 26 de julio el ejército invasor entró por vez primera en León, ocupada solamente hasta el 1 de agosto, pues los franceses tuvieron que replegarse hacia el Ebro como consecuencia del avance español tras la victoria de Bailén. En El Bierzo los vocales de la Suprema iniciaron trámites de unión con la Junta de Galicia en contra de los deseos de Cuesta. Aunque intentaron convencer a los que quedaron en León de la conveniencia de trasladarse a Ponferrada para continuar con sus labores, aquellos prefirieron permanecer en la capital acatando las órdenes del Capitán General quien, por su parte, ordenó a Valdés y los suyos desplazarse a Salamanca, donde pretendía reunir una nueva Junta de León y Castilla. Por supuesto, no obedecieron. El 24 de agosto se encontraron en Lugo los representantes gallegos, leoneses y castellanos, y el 30 fueron elegidos por León como diputados para la Junta Central que habría de formarse, Antonio Valdés y el vizconde de Quintanilla. Al día siguiente, Cuesta dictó un decreto aboliendo y declarando ilegal la Junta de León y Castilla, por lo que el 6 de septiembre, el Ayuntamiento leonés convocó a los miembros de la antigua, que habían permanecido en la capital, para reunirse el 7 y constituirse en nueva Junta Suprema con Castañón Monroy nuevamente como presidente.

Nombraron a su vez para la Central a Rafael Daniel y al vizconde de Quintanilla, ya elegido en Galicia. Así se encontró la provincia con dos Juntas diferentes. Los diputados electos en Lugo fueron detenidos por orden de Cuesta el 14 de septiembre en Tordesillas cuando viajaban hacia la reunión de la Central, pero desde aquella se ordenaría después su liberación e inclusión en sus sesiones, así como la destitución del general. La Junta Suprema, continuaría reuniéndose en León, incorporándose a ella los vocales que habían estado en Lugo. En medio de aquella confusión y concluida su misión, la nueva Junta envió el 17 de septiembre un oficio a Sosa ordenándole su regreso a León. No sabemos cuando acató la orden ni si volvió a su tierra antes del 25 de octubre, fecha en qué presentó las cuentas y documentos emanados de su misión, obteniendo “…la mas completa aprobación, elogios y expresivas gracias de esta nominada Junta y las evidentes demostraciones de aprecio y distinguido honor del Gobierno Ingles…”.  Aquel mismo día los Voluntarios de León, rearmados desde el 25 de julio anterior, comenzaban a luchar contra los franceses en torno a Logroño, bajo el mando de Pignatelli. Vencidos y difamados, los regimientos de nueva creación de Cuesta serían disueltos en los días siguientes por petición de Castaños a la Central.

Los alistados de la División Leonesa fueron integrados en otros cuerpos, desertando algunos y destacándose en importantes batallas otros como el coronel Castañón, que participaría en la defensa de Zaragoza, siendo condecorado por Palafox16. Ausentes por tanto de la capital leonesa sus más talentosos militares cuando a mediados de noviembre la agitación era evidente ante el rumor de que los franceses ya habían ocupado Burgos y llegado a Palencia, tuvo la Junta que acudir a don Luis. El día 19 le ordenaron trasladarse al sur, llevando el distintivo de teniente coronel correspondiente al nombramiento de comandante de caballería que le habían hecho anteriormente, para comprobar si eran ciertas las noticias que situaban a un centenar de franceses por tierras de Sahagún y Mayorga. Volvía así a equipar su montura para ponerse al mando de una expedición de caballería.

Cinco días después informó a la asamblea del arribo del general Blake a la zona, ante lo cual la Junta acordó su regreso a León. Aquel mismo día, llegó a la ciudad el marqués de La Romana, que estableció en ella su cuartel y recibió, por orden de la Junta Central, el mando del Ejercito de la Izquierda.

 

 

 

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Brigadier Diego del Barco

El Brigadier

Diego del Barco de la Cendeja

en la Guerra de la Independencia

(La Coruña 1780 - Laredo 1814)

 

FAMILIA Y JUVENTUD

“Una de las mayores infelicidades que puede haber en los hechos de los hombres es faltarles historiadores que, con sus diligentes y católicas plumas, den vida, conserven y guarden todo cuanto la continuación de los siglos y flaca memoria de los hombres consume y deshace; y así, a favor de aquesta verdad, muchos notables varones confieren diciendo que recibió más daño el Pueblo Romano, en perder lo mucho que de las historias de Tito Livio, su Cronista, nos falta, que en la declinación y ruina de su Imperio y Monarquía, que fue la mayor del Mundo”.

 

Historia de la Nueva Méjico

Capitán Gaspar de Villagrá, Alcalá de Henares 1610

Diego del Barco de la Zendeja.

Un Brigadier coruñés de lo Reales Ejércitos de España durante la Guerra de la Independencia.

 

En el Archivo General Militar de Segovia, 1ª Sección, Legajo B – 709, se conserva la Hoja de Servicios de un oficial español de artillería, natural de La Coruña, que con 28 años asistió a la primera gran batalla de la Guerra de la Independencia, Medina de Rioseco, el 14 de julio de 1808. En ella estuvo al mando de una de las cuatro baterías de artillería que el Ejército de Galicia desplegó en aquella batalla.

Diego era hijo de don Pedro del Barco, Teniente retirado de la Real Armada, con 47 años de servicio en los Correos Marítimos, y de doña Manuela de la Zendeja. El matrimonio, asentado en La Coruña, tuvo 7 hijos, de ellos cuatro varones, todos militares y artilleros: Diego (nacido en 1780), Pedro (1784), Agustín  (1786) y José (1790). Las hermanas se llamaron Florentina, María Manuela y Josefa. Las dos primeras se casaron también con dos militares: Martín González de Menchaca que llegó al grado de Teniente General de Infantería, y la segunda con otro oficial de artillería, Mateo Hernández y Urcullu.

El padre, Pedro del Barco, fue a lo largo de toda su vida un hombre emprendedor. Hidalgo pobre hubo de buscarse un medio de vida en la Marina Mercante. En ella escaló todos los puestos en el servicio de los Correos Marítimos desde la categoría de marinero, en la que comenzó su singladura con 20 años de edad en 1767, hasta la de piloto y, por último, la de Capitán Primero. Al final de su vida profesional y al ser militarizados los Correos Marítimos, fue asimilado a la graduación de teniente de Fragata.

En su carrera llevó a cabo más de medio centenar de travesías oceánicas entre la Península y las colonias de América. Anciano y enfermo, se retiraría en 1802 pasando a la Comandancia de Marina de La Coruña, como 2º al mando. Uno de sus más ardientes deseos fue el de dar carrera a sus hijos, logrando el que fuesen admitidos en el elitista Colegio Militar de Artillería de Segovia en el que se formaban los oficiales del Real Cuerpo de Artillería.

Sus estrecheces económicas y la necesidad de conseguir apoyos y recomendaciones para sus hijos llevaron a Pedro del Barco a aceptar la vuelta momentánea al servicio activo al ponerse al mando de la Corbeta “María Pita“que llevó las primeras muestras de la vacuna de la Viruela a la América colonial española de la mano del médico de Cámara del Rey, el alicantino don Francisco Javier Balmis y Berenguer. La expedición partió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803.

  

Un deseo expresado por el padre, en varias ocasiones, fue el de ver a sus cuatro hijos como oficiales del 4º Regimiento de Artillería, el cual tenía su guarnición en la propia ciudad de La Coruña. Así lo recoge una carta dirigida por el mismo al Secretario de Guerra don José de Urrutia:

“ Excmo. Sr.

   Doy a V.E. muchas gracias por la colocación de mi hijo José María en el Colegio de Segovia, y haber dejado en este regimiento a Diego; y espero en la bondad de Vuestra Excelencia que cuando salgan a oficiales los otros dos hijos que tengo en el Colegio de Segovia los destinará a este mismo regimiento para poder reunirlos todos en él.

   Con la reunión de Correos Marítimos a la Real Armada he pasado a Teniente de Fragata y me han destinado de segundo Comandante Militar de Marina en este Puerto, en cuyo destino y en todos podrá V.E. mandarme seguro de mi obediencia y que pediré a Dios conserve la importante vida de V.E. muchos años.

   Coruña, 1 de Septiembre de 1802.

    Beso la mano de V.E. su más atento y seguro servidor.

( rubricado ) Pedro del Barco.

  

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Husar Tiburcio

Certificación dada por el Ayuntamiento de Astorga, a petición de doña María Maroto y don Antonio Fernández, naturales de Villafrades de Campos, sobre la conducta de su hijo y hermano, el soldado de Húsares de León, Tiburcio Fernández Maroto, en el Asedio que sufrió la Ciudad por las tropas de Junot en 1810.

( AHMA, Caja 2.363, “ Memoriales e Instancias, 1814 – 1844 “. )

 ( El segundo apellido de Tiburcio era “ Maroto “ y no “ Alvarez “, respetamos no obstante, el documento original ).

   “ Que en los años de ochocientos nueve y diez se halló de Guarnición para la defensa de esta Plaza el Soldado Húsar de León, Tiburcio Fernández Alvarez, natural de la Provincia de Campos, en cuya época se portó con un entusiasmo y valor singular, siendo el primero que se presentó siempre a recibir en batalla a los Franceses en las innumerables veces que intentaron asediarla, distinguiéndose siempre entre todos los valientes soldados y causándoles a los enemigos el mayor daño posible, poniéndolos en alguna ocasión en vergonzosa fuga.

    De cuyas acciones, la mas memorable, y que jamás se olvidará en esta ciudad, dice tan interesante documento, fue la del doce de Marzo de mil ochocientos diez, que á, presencia de toda la guarnición y habitantes sacó libre á una guerrilla de cuarenta tiradores de esta Plaza, que habiendo empeñado una defensa obstinada á un cuarto de legua de esta con una descubierta enemiga superior en número, no solo en Infantería sino en Caballería, y habiendo sido envuelta por los Enemigos y cortada por, otra partida de Caballería, el dicho Tiburcio contuvo con  algún otro soldado de veinte y dos Caballos que se Componía su partida, á los Enemigos que atacaban á la Guerrilla en retirada, y cargándolos de nuevo, hirió de un golpe de sable á el Comandante Francés que la mandaba, dando lugar con esta acción á que la guerrilla, reponiéndose y adquiriendo mucho valor, los atacara á su ejemplo y los persiguiese, matando algunos  franceses y obligándoles á salvarse cada uno como pudo; siendo tantas las ocasiones en que ejecutó iguales ó mayores acciones, que seria muy largo referirlas. Y á continuación se añade que  habiéndose abierto Brecha en la Muralla en el 21 de Abril de mil ochocientos diez, se presentó en ella voluntariamente á defender Cuerpo á Cuerpo la entrada de los enemigos, teniendo el honor de haber muerto con un Puñal  á el primer oficial enemigo que tuvo el atrevimiento de montarla, quedando á sus pies, é impidiendo el que ningún enemigo se acercase á aquel punto, que miraba como sagrado.

   Jamás, sabe el Ayuntamiento, fuese Tiburcio reprendido por ninguno de sus jefes por falta alguna en el cumplimiento de sus obligaciones, antes bien, fue testigo de las glorias y honores que le tributaba la Guarnición y el Pueblo.

   Certifica igualmente que el 22 de abril de 810, después haber capitulado esta Plaza y como á las dos de la tarde, fue pasado por las armas por decreto del bárbaro e impío Junot, por haber querido sostener con su sable los derechos de la guerra con un oficial francés, que sin comisión de sus jefes había entrado en la Plaza antes de evacuarla la Guarnición Española.

   Su cuerpo fue sepultado en el campo, donde permaneció hasta el 27 de mayo de este año, en que viéndose este vecindario libre ya de los temores de la Guerra, las Compañías de Tiradores de esta Plaza, en señal de eterno agradecimiento, de acuerdo con este Ayuntamiento, hicieron la exhumación y traslación de las cenizas del siempre impasible y heroico Tiburcio Fernández Alvarez a la Parroquia Castrense con toda la majestad y aparato fúnebre de que es susceptible esta reducida Ciudad: todas las parroquias, Cofradías, Cuerpos, Comunidades Religiosas, Vecinos y Clero asistieron a tan religioso acto, habiendo sido de los pueblos inmediatos el concurso muy numeroso.

   El Arca, majestuosamente adornada en que se encerraban las cenizas fue depositada en las gradas del Altar Mayor de la Iglesia Parroquial Castrense con los honores más extraordinarios y singulares, todo lo que así consta y resulta de lo notorio de estos hechos, Actas capitulares y otros instrumentos. Y para los efectos que haya lugar, damos el presente en nuestro Ayuntamiento de la Ciudad de Astorga a 27 días del mes de junio de 1814 años.

  

   ( Fdo. ) Antonio José Salvadores, Secretario. “


José María de Santocildes

“ Resumen Histórico de los Ataques, Sitio y Rendición de Astorga escrito por el Teniente General José María de Santocildes. Madrid, 1815.”.

Segundo Sitio puesto contra Astorga en 1812

 

  “En el mes de Junio de 1812, habiendo sido llamado cerca del Gobierno el Mariscal de Campo D. Javier Abadía, Comandante General del Sexto Ejército y Reyno de Galicia, se me confirió nuevamente en propiedad el mando de este y de aquel bajo las inmediatas órdenes del Excmo.  Sr.  D. Francisco Javier Castaños, que á la sazón se hallaba en dicha provincia.  Este superior Jefe, considerando que era indispensable llamar la atención de los enemigos hacia el Reyno de León, mientras lo hacían los aliados á otros puntos de Castilla, no perdonó medio para que se facilitasen los necesarios á sitiar á Astorga, confiándome la empresa.  Dadas las órdenes competentes para que de la maestranza de La Coruña se proporcionase artillería de batir, municiones, y mas útiles necesarios, ínterin que yo reunía fuerzas y con ellas marchaba á incorporarme á las divisiones mas próximas á dicha ciudad, el Teniente General Marques del Portago, que interinamente las mandaba, á mi arribo había ya dado principio á la operación, encerrando mil y doscientos franceses que la guarnecían, quitándoles toda comunicación.

   El enemigo durante el tiempo de su ocupación (obligando á trabajar á los naturales) había puesto la citada plaza en estado de defensa, derribando totalmente el arrabal de Rectivía, y todos los edificios contiguos á la muralla, dejando despejados los puntos mas atacables de la plaza; había cubierto las Puertas del Obispo y del Rey con recientes, fosos y palizadas, y en la prolongación de la capital del torreón de la de hierro había construido otro reducto bastante separado de ella, y que en cierto modo flanqueaba los recientes construidos en las puertas. Este, además de su foso y estacada, estaba cerrado por la gola con un muro aspillerado; y por último había hecho de mampostería todos los parapetos del recinto principal, ensanchando en parte sus terraplenes y artillado la plaza con catorce piezas de doce, ocho y cuatro, un mortero y dos obuses.

   Cuando se tuvo noticia de haber salido de La Coruña la artillería, y calculando el tiempo que podía tardar, después de haber practicado varios reconocimientos para determinar el punto de ataque, y con presencia de las relaciones que se tenían del estado interior de la plaza se dio principio á una batería al alcance de fusil de ella, que enfilaba todo el frente de Puerta de Rey, y batía de revés el reducto y rediente de Puerta del Obispo, y sin embargo del vivo fuego de los enemigos se concluyó y artilló apenas llegaron cuatro piezas de á diez y seis, que es todo lo que pudo en aquella época aprontar; de suerte que con estas y las piezas de dos compañías de artillería de á caballo fue con lo que se contó para llevar al cabo la obra comenzada.

   Rompió por fin la batería el fuego el 3 de Julio con todo el acierto y efecto que se podía desear; de manera que se puede asegurar que si hubiese podido se tan vivo como era necesario, el verdadero punto de ataque hubiera estado bien libre de fuegos; pues los tiros á rebote no dejaban parar absolutamente á los enemigos en la muralla, y les hubieran inutilizado sus piezas; pero como para las cuatro se contaban dos mil tiros solamente, y algunos de menos calibre que ellas, fue preciso contentarse con un fuego lento, con todo que se empleaban también cuantas municiones se podían recoger de las que disparaba el enemigo; y esto indispensablemente daba lugar á los sitiados á espaldonarse.

   Mientras la batería hacia su fuego lento, se construyó otra frente del verdadero punto de ataque, que era entre el castillo y la Puerta del Obispo, que se artilló sacando algunas piezas de la otra, y reemplazándolas con la artillería de a cuatro y dos obuses de siete pulgadas de las Compañías. Empezó esta también su fuego con bastante acierto al principio, aunque pausado, hasta que por la diversidad de calibre de las balas se inutilizaron algo las piezas; de modo que por mas que se quisiese ocultar la debilidad á los enemigos, era imposible que hubiesen dejado de conocerla; pues aunque aumentásemos baterías, como en efecto se aumentó otra á la izquierda de la primera frente la Puerta del Rey para batirla, y hacerles dudar del verdadero ataque, sin embargo no podían menos de reparar que el fuego siempre era del mismo número de piezas poco mas ó menos; en términos que contra toda regla de ataque podía sin duda (como se vio) presentar el sitiado mayor número de piezas y de mayor calibre que el sitiador. Infiérase de esto los progresos que podrían hacerse, de suerte que mas era asedio que sitio.  Por otra parte no se podía hacer uso de las granadas para incomodar á la tropa enemiga, pues el daño recaía en los infelices moradores de la ciudad; de manera que nada se presentaba lisonjero.  La escasez de víveres que tenían los sitiados no era tanta que no se pudiesen resistir mucho tiempo; y teniendo por nuestra parte Generales, Jefes, Oficiales y Tropa de todas armas llenos de valor y ardimiento, como á cada paso lo acreditaban, nada se podía hacer, y todo era nulo por la escasez de artillería, y un sitio que en pocos días se hubiera concluido teniendo todos los medios necesarios, se prolongaba mas y mas por esta falta: lo que daba lugar á que aquellos que por ignorancia se atienden solo á los resultados criticasen la conducta de un Ejército que, sufriendo mas de lo que era imaginable, no conseguía lo que deseaba.

   Por medio de ramales de trinchera se logró por fin llegar al pie de la plaza, desalojando por ataques bruscos á los enemigos de todos los puntos exteriores, exceptuando los reductos, y se empezó la mina contra el recinto de la plaza sin haber podido acallar sino por momentos los fuegos de los reductos.

   Nuestras tropas, las más, eran de infantería, y esto daba fundados recelos de que acercándose el enemigo con algún grueso de caballería obligase á levantar el sitio: lo que se hubiera verificado si, al mismo tiempo que el Sexto Ejército operaba en esta parte de Castilla, ocupando la capital de León hasta las márgenes del Esla, el Excmo.  Sr. Duque de Ciudad-Rodrigo no hubiese avanzado con su Ejército de Portugal para atacar al enemigo, que se hallaba en Salamanca á las órdenes del General Marmont.

   A este tiempo, que era á mediados de Julio, recibí aviso del Duque de Ciudad Rodrigo para que si podía disponer de alguna fuerza, que no juzgase necesaria para continuar el sitio de Astorga, la hiciese marchar, pasar el Duero por las inmediaciones de Zamora (que igualmente que Toro estaban ocupadas por los enemigos), y al mismo tiempo que se llamaba la atención al flanco derecho del Ejército de Marmont, ponerse nuestras tropas en contacto con el Británico.  En este caso me pareció debía prescindir de la satisfacción que podía resultarme de seguir mandando el sitio de Astorga, y hacer prisionera su guarnición, para tener la de ir á la cabeza de las tropas que destacaba para operar á las órdenes de tan acreditado Caudillo; y así, con aprobación del Excelentísimo Sr.  D. Francisco Javier Castaños, marché con ocho mil infantes y quinientos caballos, dejando lo restante del Ejército y toda la artillería continuando el sitio de Astorga bajo las órdenes del Mariscal de Campo D. Francisco Javier Losada; y aunque no tuve el honor de llegar á tiempo de hallarme en la famosa batalla de los Arapiles, merecí en Cuellar, pueblo de la provincia de Segovia, el de tomar las órdenes verbales del victorioso Duque. Consecuente á estas me dirigí sobre Valladolid, cuya ciudad e inmediaciones ocupé, haciéndolo también al mismo tiempo una división inglesa de diez mil hombres, ínterin que el Duque de Ciudad-Rodrigo con el resto de sus fuerzas se posesionaba de Madrid; pero como los Mariscales Soult y Suchet, con todas las que el primero tenia en Andalucía, y mucha parte de las que del segundo cubrían el reyno de Valencia, vinieron á auxiliar los Ejércitos batidos, el de Marmont rehecho de su derrota, y aumentado con tropas de Vizcaya y Navarra, se hizo muy superior á las de mi mando é Inglesas, que estábamos á su frente; por lo cual, luego que amenazó atacarnos, se replegaron las últimas al grueso de su Ejército, que venia retirándose de Madrid, y nosotros batiéndonos diariamente con la vanguardia del Ejército enemigo, que interinamente mandaba el General Clousel, nos dirigimos hacia Astorga, que todavía no se había rendido; pero el Excmo.  Sr.  D. Francisco Javier Castaños, que noticioso de todas las ocurrencias había llegado anticipadamente á la inmediación de dicha ciudad, tomó las mas eficaces providencias, con las cuales consiguió capitulase, y se rindiese la guarnición ocho horas antes de nuestra llegada y la de los enemigos, que venían á nuestro alcance.  Estos no solo no pudieron salvar aquella, pero ni aun siquiera la artillería, por haberse extraído con mayor celeridad, é inutilizado las estacadas, fosos, reductos y puertas de la plaza, en términos que caso de apoderarse nuevamente el enemigo no pudiese defenderla.  Por este accidente, teniendo la mina casi debajo de la escarpa de la plaza, no se malograron los frutos de tan irresistibles trabajos.

   En la marcha que hice para unirme con el Duque de Ciudad-Rodrigo, una brigada mandada por el Mariscal de Campo D. Federico Castañón, hizo prisioneros á doscientos sesenta y seis hombres, que se hallaban fortificados con tres piezas de artillería en Tordesillas; pero nada pudo intentarse con respecto á los que estaban en Toro y Zamora, por no tenerla para batir los castillos en que se encerraban.  Sin embargo, con la de pequeño calibre tomada en Tordesillas se incomodó algunos días á los de Toro, ínterin se sacaban subsistencias para nuestras tropas de dentro de la propia ciudad…”


Gregorio Garcia de la Cuesta

Gregorio García de la Cuesta y Fernández de Célis.

(Tudanca, 9 de mayo de 1741 – Palma de Mallorca, 26 de noviembre de 1811)

Un general Cántabro en la Guerra de la Independencia.

Capitán General de Castilla la Vieja, Extremadura y Mallorca.

  Gregorio García de la Cuesta y Fernández de Célis nació en Tudanca (Santander), el 9 de Mayo de 1.741, hijo de una familia de la pequeña nobleza montañesa. En su parroquia natal se conserva la partida de bautismo, así como información acerca de su familia:

MANIFIESTO QUE PRESENTA Á LA EUROPA EL CAPITÁN GENERAL DE LOS REALES EJÉRCITOS DON GREGORIO GARCÍA DE LA CUESTA.

Sobre sus operaciones militares y políticas desde el mes de junio de 1808 hasta el día 12 de agosto de 1809 en que dejó el mando del Ejército de Extremadura

Palma de Mallorca el 14 de Abril de 1.811.

"   En el año de 1758, y á los 17 de mi edad, después de haber estudiado la gramática y la filosofía en dos colegios, me incliné por una afición irresistible á la carrera de las armas; tomé plaza de cadete en el regimiento de infantería de Toledo, y pasé inmediatamente de guarnición á la plaza de Orán, donde cursé las matemáticas en aquella Real Academia, y estudié prácticamente los principios de la guerra, en la que continuamente había que sostener contra los moros de aquel campo.

En 1761 fui nombrado Subteniente en el regimiento de infantería de Granada; y marche á la campaña de Portugal en que asistí al sitio y toma de Almeida.

En 1766, beneficié compañía en el nuevo regimiento de infantería de Extremadura, donde ejercí las funciones de Sargento Mayor, y dirigí su formación hasta el completo y aprobación de dicho cuerpo.

En 1775 fui nombrado alumno de la Academia Militar de Avila, donde recorrí los autores militares, y me dediqué especialmente á la gran táctica, teórica y prácticamente, por espacio de dos años, en los cuales desempeñé en dos ocasiones la comisión de quintos de aquella provincia.

En 1779, marché con mi regimiento al sitio de Gibraltar, en el cual asistí á los trabajos contra dicha plaza por espacio de catorce meses.

En primeros de enero de 1781, me embarqué con mi regimiento para la isla de Santo Domingo, donde permanecí en el ejército de operaciones que se disponía para la expedición contra Jamaica, en cuyo embarco fui hecho sargento mayor de mi cuerpo, y nombrado mayor de la brigada de Soria. Desde el cabo-francés pasé á la Habana, de donde fui destinado con mi regimiento y el de Soria para apaciguar la insurrección del Perú, y marché á Lima por el istmo de Panamá. Llegado á Lima, me embarqué después de un año para el puerto de Arica y provincias internas del Perú con el mando del 2º batallón, y atravesé los Andes hasta Potosí y la ciudad de la Plata , en donde á mi llegada contuve y desbaraté una insurrección de las milicias del país, con solo una compañía de granaderos.

  Á poco tiempo fui nombrado Teniente Coronel del mismo cuerpo, y subsistí en la ciudad de la Plata, hasta que tranquilizadas aquellas provincias salí para Buenos Aires en 1788. Después de estar algunos meses en Buenos Aires y Montevideo me embarqué con los restos de mi tropa para Cádiz, a donde llegué en agosto de 91, habiendo sido en mi viaje graduado de Coronel, y obtenido la propiedad por resultas de la coronación de Carlos IV.

Luego que llegué á Cádiz se me destinó a la guarnición de la plaza de Badajoz, donde completé y di nueva disciplina á mi regimiento, con el cual en principios del año 93 marché al ejército del Rosellón, en cuya campaña se conquistó bajo de mi mando particular á Cabestan y Bernet inmediatos á la plaza de Perpiñan, donde fui herido.

 

Me hallé en la batalla de Peires-tortes, de cuyas resultas fui ascendido á Brigadier. Seguidamente pasé á Ceret de segundo del Conde de la Unión, y mandé la expedición de San Lorenzo de Cerdá, y toma de la torra Batera, Monvoló y Peralda en once de noviembre; la expedición de Monvoló y toma de san Marzal en veinte del mismo; la reconquista del reducto de Ceret, y toma del puesto de san Ferríol en veinte y seis del mismo, por cuya acción fui nombrado Mariscal de Campo; expedición á san Lucas y toma del campo y altura de Lloroc en tres de diciembre; ataque y toma del reducto, baterías y campamento de Villalonga en siete del mismo.

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