Romance de Tres Arrieros Maragatos y un Galego en Waterloo

Tres arrieros maragatos, un tío (Esteban) y dos sobrinos jóvenes (Gumersindo y Pedro), son contratados por el Ejército para llevar con sus mulos, cruzando España y Francia, hasta Bruselas, el equipaje del General Español Miguel de Alava, Embajador del Rey de España en Bélgica, en abril de 1815.

ROMANCE DE TRES ARRIEROS MARAGATOS
Y UN GALEGO EN GUARTERLUU

En Castrillo de los Polvazares,
cuando abril abría el año,
tres arrieros se ajustaron
con contrato bien firmado.

Era Esteban el del medio,
de huevos bien templados,
y Gumersindo y Pedro,
sobrinos buenos y bravos.


Con mulos recios y pardos,
y alforjas de cuero basto,
ajustan llevar equipaje
del general Álava en fardos.

Embajador del rey Fernando,
en Bruselas alojado.
Cuatro meses de camino
y buen dinero contado.


En casa queda la esposa
con el ceño fruncido y agrio:
—¿Tan lejos te vas, Esteban,
más allá del mundo cristiano?—

—Pagan bien, mujer querida,
volveré rico y honrado,
que el pan no nace en el monte
si no en el camino trabajado—

Estribillo

No te alejes de los caminos │ que pisaron padres y abuelos,
no cruces más allá del Ebro │ que allí se pierde el sendero,
ay mi tierra maragata │ ay mis nieves del Teleno,
mala guerra la que me lleva tan lejos │ del hogar y del fuego.

Cruzaron ríos y páramos,
Burgos quedó atrás temprano,
en Navarra el aire cambia
y el miedo va despertando.

Por el Bidasoa pasaron
con el paso bien contado,
y al entrar en tierra francesa
otro mundo se les ha mostrado.

Gobierna Luis el decimo octavo,
Borbón bien acomodado,
primo del rey de España,
Fernando el mal jurado.


Pero el rumor corre apriesa
desde Elba desbocado,
Napoleón desembarca
por Antibes, en el sur lejano.

El ogro corso reclama
lo que cree suyo por mandato,
París lo espera cantando
y el buen Luis huye espantado.


Los arrieros aprietan, camino
paso, mula y corazón,
pueblos enteros arrancan
flores de lis del balcón.


Donde ayer gritaban “Vive le Roi”
hoy rugen “Vive l’Empereur”,
los franceses alzan fusiles
y abrazan la tricolor.

Estribillo

No te alejes de los caminos │ que pisaron padres y abuelos,
no cruces más allá del Ebro │ que allí se pierde el sendero,
ay mi tierra maragata │ ay mis nieves del Teleno,
mala guerra la que me lleva tan lejos │ del hogar y del fuego.

De Dijon a Valenciennes
todo es carrera y sudor,
con la lengua fuera avanzan
marchando con gran temor.


Llegan a Charleroi al fin,
Bélgica gris, cielo de plomo,
su verde suelo cubierto
de mil casacas de todo tono.

Británicos, prusianos,
holandeses y valones,
la guerra huele a pólvora
y a miedo en los calzones.


Cruzan un pueblo pequeño
sin darle mayor cuidado,
Waterloo se llama el sitio,
nadie sabe lo que ha aguardado.


Dos semanas más tarde
temblará como pecado,
pero ellos siguen hacia el norte
con el alma en desvelo y cuidado.


En Bruselas hallan al fin
la casa del general gallardo,
don Miguel de Álava galante,
con Wellingtón conversando.

Creen que el viaje termina,
que cobrarán lo acordado,
pero la guerra no espera
ni respeta lo firmado.


Les requisan las mulas
para un regimiento escocés formado,
—Lo siento, hijos, dice Álava,
así es la guerra y su mando.


¡No jodáis mi General!
Arriero soy y no más,
del buen Rey exención tengo
de servir con mulas mi sustento

—Si queréis verlas de nuevo,
junto a ellas habréis de estar,
como muleros primero…
y soldados al final—


—«Antes muero», dice Esteban,
«que perder los mis ganados,
que una mula maragata
vale más que cien ducados».


Sin comerlo ni beberlo
los visten de escocés bravo,
correajes, gorra extraña
y el fusil colgado al brazo.

Con bragas maragatas
y casaca roja puesta,
fusil al hombro se miran
con cara de espanto y siesa.


Requisadas sus mulas,
en Bruselas por ingleses,
los maragatos juran,
recuperarlas mil veces.

Estribillo

No te alejes de los caminos │ que pisaron padres y abuelos,
no cruces más allá del Ebro │ que allí se pierde el sendero,
ay mi tierra maragata │ ay mis nieves del Teleno,
mala guerra la que me lleva tan lejos │ del hogar y del fuego.

En el 71º escocés
aprenden paso y disciplina,
y allí conocen a Tuchiño,
gallego de Costa da Morte marina.

Peleó contra el francés
y siguió bandera extraña,
porque el mundo da traspiés
como ruedas de carreta maña.


Así les habló Tuchiño,
el gallego formal,
con el fusil bien asido,
bien sujeto el su morral…


Echo de menos la tierra
de la llovizna y del sol,
y la Costa da Morte mía
decidme, buenos arrieros,
si Dios nos deja volver,
¿hay en Astorga taberna
y pulpería donde comer?

—Si volvemos con la vida,
habrá lumbre y habrá pan,
juran los tres arrieros.
En Astorga y en Santiagomillas,
y en Rabanal, el jornal.

Así les habló Tuchiño,
el gallego formal
con el fusil bien asido,
bien sujeto el su morral:

—Aprended a ir bien juntos
y a guardar seco el fusil;
no alcéis nunca la frente
cuando el plomo viene cantado,
que vive más en la guerra
quien lleva el miedo guardado.


Echo de menos la tierra
la lluvia y el mar bravío,
de mi Costa da Morte oscura
y el pan caliente del mío.


Decidme, buenos arrieros,
si volvemos con dinero,
¿hay en Astorga taberna
pulpería y cante bueno?

—Si volvemos con la vida,
habrá lumbre y habrá pan.
juran los tres arrieros
persignándose con afán

Estribillo

No te alejes de los caminos │ que pisaron padres y abuelos,
no cruces más allá del Ebro │ que allí se pierde el sendero,
ay mi tierra maragata │ ay mis nieves del Teleno,
mala guerra la que me lleva tan lejos │ del hogar y del fuego.

Noche fría en Hougoumont,
lumbre baja, no tienen sueño,
las mulas pisan el barro
el miedo anda sin dueño;


entre escoceses de saya
fusiles bruñidos de acero,
tres maragatos callados
piensan en el hogar postrero.

Y Tuchiño, ¿qué fazes vos aquí,

– preguntó Esteban, el arriero –
en un regimiento escocés,
sirviendo a rey ajeno,
lejos de la tierra nuestra,
del trigo y del buen sustento?

Y así habló Tuchiño,
con tristeza, algo mohíno,
con el fusil bien asido,
levantando el vaso vino…

Yo echo de menos la mía tierra │ de lluvia menuda y sal,
la Costa da Morte oscura │el pan caliente de mi hogar;
decidme, buenos arrieros │ si Dios nos deja volver,
¿hay en Astorga taberna y pulpería donde yacer?

—Si volvemos con la vida,
habrá lumbre y habrá pan.
Juran los tres arrieros,
mordiéndose el pulgar

Entonces agora os cuento,
compañeros de este penar.
Así dijo Touchiño
escocés da costa do mar

Bajé a León, a segar en 1810,
cortaba el trigo con fuerza,
y un día, con vino de Toro catado
me llegó un sargento escocés
del 71º Highlandér.

Puso en mi mano papel,
en palabra muy extranjera,
yo creía que era recibo
por trigo que di en entrega,
a los escoceses,
por mi labor en la siega.

El cura de Toro me dijo:
“No firmes nada Tuchiño
a estos herejes ingleses,
en lengua tan rara y extraña
aprende a leer antes de nada.
Mas yo, loco de vino y sol,
no escuché, firmé sin miedo
como un tonto caracol.

¡Ay, Tuchiño, no bebas sin pensar,
que el vino y el papel te han de engañar!

Y así, sin saber,
marché al ejército inglés,
al mando del gran Velintón,
seis años ya firmados,
sin querer, ni pensar,
yo, Tuchiño el segador,
a la guerra, a luchar.

Agora estoy en Waterloo,
Maldita sea mi estampa
barro y pólvora,
recordando la siega y Zamora
y aquel vino en mala hora.

Estribillo

No te alejes de los caminos │ que pisaron padres y abuelos,
no cruces más allá del Ebro │ que allí se pierde el sendero,
ay mi tierra maragata │ ay mis nieves del Teleno,
mala guerra la que me lleva tan lejos │ del hogar y del fuego.

Rompe el día en Waterloo,
con niebla baja y suelo mojado,
siente la tierra el suelo ajado,
que la muerte anda llamando.

Y así habló Esteban,
el arriero bien forjado:
Apretad los dientes bien.
Que hoy no manda Rey ni Papa,
manda el plomo y manda el hierro,
y el que aguanta vuelve a casa.
Y llegó el día del combate,
tiembla el suelo, ruge el cielo,
cabalga el corso furioso
contra el mundo entero.

Venían caballos franceses │ como viento desmandado,
plumas, acero y alaridos│ rajando el aire mojado;
el coronel escocés quedó solo │ de gabachos bien cercado,
y pa allá fueron los arrieros │ como lobos del Teleno alzado.
Gumersindo hizo fuego │ con la bayoneta santiguaba,
Pedro puso cuerpo y sangre │donde el sable ya bajaba,
Esteban gritó un nombre│ que la pólvora tapaba:
“¡Maragatos, firmes todos │ que la tierra nos miraba!
Yo pensé en mi mar gallego │ en la sal y la sardina,
pensé que morir tan lejos │ era mala burla divina;
pero quedamos en pie │ como robles y la encina,
y el gabacho dio la vuelta │ cuando vio aquella inquina.

Entre humo, sangre y barro
resisten como condenados,
tras salvar al coronel escocés
cuatro españoles bragados.


Gumersindo cae herido,
Pedro lo saca arrastrado,
Esteban reza al Teleno
con el morro ensangrentado.

Por los campos de Waterloo
retumba la artillería,
cuando el humo se disipa
y calla la infantería.


Cuatro sombras se levantan
entre barro y sangre fría,
tres arrieros maragatos
y un gallego de valía.


Esteban firme el mosquete,
Gumersindo no vacila,
Pedro aprieta los dientes
cuando el francés se retira.


Y Tuchiño mira ledo,
con voz ronca y alma viva,
con bayoneta carga contra el miedo
como quien siega en la ría.


Doce mulas defendieron
con coraje y puntería,
pues hasta el pan del soldado
va en recua si es buena la hombría.


Vieron cargar a los húsares,
con su chaqueta torcida
temblar a la Guardia escogida
cuando el sol de Bonaparte
por fin en sombras caía.


Por los campos de Waterloo,
vuela la cruel metralla,
los hombres gritan con furia
los muertos callan sin labia.


Touchiño, gallego valiente,
con sable que nunca falla,
los tres arrieros maragatos,
los cuatro recuerdan España.


Doce mulas defendían
con fuerza que nunca se apaga,
cargadas de pan y víveres
mientras la pólvora estalla.


Los franceses avanzaban
hacia Hougoumont la brava,
los maragatos allí firmes
en silencio esperaban.


Los ingleses los miran
tras Velintón que les guía,
y comentaban admirados:
—¡Nunca tal valor se olvida!


¡Miren esos españoles!
Dijo un escocés de valía
¡Que fuerza y que valor,
tienen los que no se humillan!


Miguel de Álava contemplaba
la lucha con gran alegría,
y sabía que los suyos pelean
con corazón y valía.
—¡Vamos, compañeros míos!


—dice Pedro con valentía—
¡Que no se enfríe el arriero
cuando Velintón nos guía!
Gumersindo mira al cielo
y con firmeza decía:


—Que los escoceses nos vean,
fieros y con hombría.
Un inglés con respeto lo admitía:
—Jamás soldados vi
con tanta fuerza y valentía.


Las bombas caen muy cerca,
el humo al cielo se alzaba,
pero los españoles avanzan
como ríos que nunca acaban.


El día cae en Waterloo,
la noche al combate llamaba,
los maragatos sonríen
porque la victoria llegaba.

Y en Waterloo ruge el mundo,
truena el cielo, tiembla el barro,
hacia Hougoumont va la Guardia
con su paso acostumbrado.


pero tres arrieros y un gallego
les aguardan con el ánimo templado .
Al ver que la Guardia Vieja
las lomas va coronando,
los arrieros y el gallego
les hacen fuego fiero.


Y allí ven, como una sombra,
que les llevan las mulas al llano:
son las suyas, bien lo saben,
con herraje maragato.


Ay mi mula, sin rubor,
nadie te puede capturar,
que antes cae un Emperador
que dejaros requisar.


Cuando ven bajar las mulas
con franceses rodeando,
los cuatro miran la loma
como quien mira un pecado.


—«Agora es cuando se demuestra
quién es hombre de verdad.
Al francés se le perdona,
pero perder una mula, jamás».


—«A la loma», grita Esteban,
«que no pasan ni franceses
ni demonios del infierno
si van por nuestros intereses».


Disparan como quien siega,
con furia de soldados heridos,
no por gloria ni por himnos,
sino por sus mulos queridos.


Wellington exclama:
“¡Qué españoles tan valientes!”
¡Bien combaten por su Rey!»
Y Álava, al lado, murmura:
—«Por las mulas, más bien es».


No pasa un francés la linde,
ni un tambor logra avanzar,
la Vieja Guardia vacila,
empieza a retroceder ya.


Cuando el águila se vuelve
y la colina se salva,
siguen en pie los arrieros
con sus mulos y su alfalfa.


Gana el día el aliado,
cae Napoleón del mando,
y en la loma de Hougoumont
hay cuatro hombres gritando.


Los escoceses los aclaman
con gritos que el valle guarda:
Al final los aliados
gritan victoria al alba,
y los arrieros y Tuchiño
reciben agora sus palmas.


Velintón admirado exclama
¡Quién combatió con tal saña,
merece premio justo
a la susodicha hazaña!


Álava dice a su lado:
—«Por las mulas fue, no por España».
Y las mulas, rescatadas,
pacen libres tras la guerra;
nadie olvida en Waterloo
lo que vale una mula arriera
Napoleón cae vencido,
Europa respira espanto,
y en Waterloo queda escrito
el final del gran tirano.

Estribillo

Cayó el sol en Waterloo │cayó el fuego ante la hazaña,
en el suelo quedaron reyes │en pie quedó hombre entero.
Tres arrieros y un galego │ hijos del Rey de España,
fuertes eran como el Cristo del madero.

Cerca estaba Miguel de Álava,
gloria fiel de España antigua,
mano derecha de Velintón,
prudencia que al mando guía.


—Por el valor que habéis mostrado,
en tan sangrienta porfía,
sois libres de volver a casa—
dice Álava con hidalguía.


Devuelven mulas y presas,
les pagan más de lo acordado,
una caja de monedas francesas
que nadie ha reclamado.


A Tuchiño, que servía
con diez meses todavía,
le conceden la licencia
por su lealtad y osadía.

Dan al gallego un caballo,
francés, de noble alzada,
botín justo de la guerra
que premia honor y su hazaña.


A los tres maragatos
nadie ya los retenía,
con sus doce mulas cargan
pan, recuerdos y alegría.


Ríen, lloran y se abrazan,
vuelven vivos, que es hazaña,
y emprenden la ruta a España
con el corazón bien abierto
de alegría y de contento.


Cruzan Valonia y sus ríos,
bajo luna que los guía,
hablan poco de la muerte
y mucho de la familia.

Cruzan Francia ya en calma,
el Bidasoa al fin abrazan,
y al ver de nuevo su tierra
habla despacio Esteban:

Estribillo

No te alejes de los caminos │ que pisaron padres y abuelos,
no cruces más allá del Ebro │ que allí se pierde el sendero,
ay mi tierra maragata │ viejas nieves del Teleno,
mala guerra la que me lleva tan lejos │ del hogar y del fuego.

Cuando al fin pisan su tierra
y huelen pan y ven la encina,
saben bien que en Waterloo
dejaron parte de su vida.

Y el Romance lo recite,
mientras la voz no tenga fatiga,
cuatro hombres en convite,
y España que los bendiga.


Tuchiño vuelve con ellos,
Astorga lo ve asentado,
abre pulpería y taberna
con vino y pan, avecindado.

Todos los 18 de junio
Llorando canta esta historia en Oda
A su parroquia beoda.
Y aún hoy se recita este romance
cuando llega el frío invierno,
como valiente alegato,
del orgullo y valor Maragato.

¡¡Viva Cuesta y La Romana!!
¡¡¡Viva España y Viva Dios!!!
¡Y que Viva la Infantería!!
¡¡Y la Madre que los parió!!

Si os ha gustado este Romance,
¡Aplaudid y dad el Vino!
a estos Soldados Viejos,
que por la honra de España,
van de cicatrices llenos.

El Teniente-Semana, Arsenio García Fuertes.
Madrid, 14 de enero del Año del Señor del 2026.